Intentar resumir un viaje con tus mejores amigos a uno de los lugares más hermosos e imponentes del planeta no es tarea fácil, es casi como pretender definir el amor en pocas palabras.
Un viaje al Roraima Tepuy requiere cierta capacitación física y mucha organización. En medio de esta organización nos dimos cuenta que mi cumpleaños estaba en el itinerario y, ni en mis sueños más optimistas, me imaginé que iba a ser el mejor cumpleaños de mi vida.
El viaje podría resumirse con la palabra agua. Cargado de emociones y de paisajes imponentes; de riesgos, muy poco sol y en ocasiones paz absoluta, pero mucho agua, a decir de los guías Pemones, uno de los inviernos más fuertes de los últimos años.
Después de explorar la cima del Roraima durante varios días, llegó el momento del descenso, era mi cumpleaños pero la lluvia era tan intensa que ni yo lo recordé, la prioridad era mantener los cinco sentidos en lo que se hacía para evitar accidentes y poder llegar, ya en la noche, a levantar campamento a orillas del río Kukenan. Y así fue, después de un larguísimo día de caminata y tensión, llegamos a orillas del río donde levantamos campamento, rodeados de carpas en las que no se hablaba español, y de repente, como si el universo hubiera planeado mi regalo de cumpleaños, se abrió el cielo para dar paso al espectáculo más hermoso y conmovedor que pudiésemos imaginar, aún tengo la imagen tatuada en mis pupilas, el rumor del río, imponente frente a nosotros; millones de estrellas adornando el firmamento; la silueta de los tepuyes gigantes al fondo y el sentimiento de humildad ante el planeta.
Recuerdo, claramente, cierta mirada cómplice de mis amigos, mis hermanos que elegí para que me acompañaran en la vida, y uno de ellos sacó de su bolso una pequeña torta, bastante maltrecha por la travesía, a la que le colocaron una rama que tomaron de un árbol para encenderla y cantarme cumpleaños, al terminar otro de mis amigos levantó una “carterita” de acero inoxidable que llevó escondida en su bolso durante todo el viaje, no sin antes aclarar: “cabe casi media botella aquí” y brindó por mi cumpleaños. Juntos celebramos hasta que el cansancio fue el protagonista y nos fuimos retirando a nuestras carpas. Únicamente quedamos tres personas junto a la fogata en un silencio absoluto, solo interrumpido por el rumor del río, y viendo al cielo infinito, uno de ellos rompió el silencio para reflexionar: “ de esto se trata la vida no?”. Yo, antes de entrar a mi carpa, miré al cielo y pedí que nunca pudiera olvidar ese momento, y así ha sido, y así será.