martes, 15 de diciembre de 2020

Puedes llamarme Hugo.

 

Puedes llamarme Hugo.

 

Esa mañana el cielo brillaba con un azul intenso, ese azul absurdo con el que los caraqueños reconocemos diciembre. Desde la oficina del Ministerio de la Defensa, en la que se había acordado la reunión y a través de un amplio ventanal, se tenía una vista panorámica de esa parte enmarañada de la ciudad conformada por los bloques de El Valle y los barrios que fueron creciendo como enredaderas a sus alrededores y que sirven, desde esa oficina, como recordatorio permanente de la bestia que se debe mantener domada si se quiere gobernar este país. Más cerca del edificio del Ministerio, entre los largos chaguaramos que bordean el lago, un grupo de guacamayas volaba majestuosas de copa en copa, sin importarle demasiado el país y sus desavenencias.

La oficina era arrogantemente amplia, con paredes y pisos revestidos de granito en distintos tonos; un escritorio de madera tallada y pulida minuciosamente junto a un juego de recibo de tela beige, más bien barato y discordante con el entorno. En las paredes algunas fotos del Presidente y un amplio retrato del Libertador flanqueado por banderas del componente armado y de la república junto a una pequeña mesa de santos en la que, entre otras deidades, iluminados por velas rojas y “Atendidos” con vasos de licor y con frutas, se podía reconocer nuevamente al Libertador junto a María Lionza y Santa Bárbara.

Había transcurrido poco más de una hora cuando mi interés por los detalles comenzaba a diluirse y convertirse en desespero; se abrió la puerta y un edecán procedió a informarme que el presidente había llegado y en cinco minutos me atendería; una mucama, rigurosamente vestida de blanco, sirvió la mesa con una jarra de agua y vasos junto a una bandeja con sendas tazas humeantes de café mientras dos militares tomaban posiciones en los extremos del ventanal. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, si quería que la conversación fuese productiva, al menos para mí, debía controlar mis ganas de decir lo que quería y entremezclarlo con lo que debía decir; conocía bien al personaje y tenía que ser cuidadosamente directo. Eso le encantaría…

—Buenos días Presidente, gracias por recibirme —dije al verlo entrar mientras buscaba su mirada que se había clavado en mi ser, como escudriñando mi alma.

— ¡Epa vale! buenos días ¿A qué medio perteneces? —La pregunta tenía en sí una carga de ironía, presuponía que todos los periodistas pertenecían, en el más estricto sentido de la palabra, a algún medio. —Nunca te había visto. ¿Te ofrecieron café? —Era un personaje avasallante; su carisma explicaba su insólita popularidad y su estadía casi irrevocable en el poder. Se podía tener un mar de diferencias conceptuales e incluso una repulsión absoluta hacia su persona, pero al pararse frente a él y comenzar a escucharlo era casi inevitable sentirse atraído hacia su campo magnético, en ocasiones lo definieron como un encantador de serpientes y yo, en ese momento, tenía que luchar fuertemente por mantenerme firme en mis principios y no sucumbir ante su carisma.

—A ningún medio Presidente, la verdad vengo de cuenta propia a ver si consigo entender algunas cosas y nadie mejor que usted para explicarlas. De hecho, no traigo ni siquiera un lápiz para tomar nota de lo que aquí se diga, así que podrá negarlo y nadie me creerá. Vine a hablar con usted y no a entrevistarlo ya que no sabría muy bien cómo hacerlo, nunca he entrevistado a nadie y llegar hasta usted fue solo un golpe de suerte —Su mirada se relajó y esbozó una amplia sonrisa mientras, sin ningún disimulo, miraba su reloj para calcular cuánto tiempo podía dedicarle a nuestra conversación.

—Debes tener un buen contacto —dijo sin dejar de sonreír pero con la desconfianza marcada en sus ojos. —¿Cómo me dijiste que te llamabas?

—Manuel Hernández, Presidente.

—¡Manuel Carlos María Francisco Piar Gómez! Ese fue un tronco de militar ¿Sabes? Lástima que lo dominó la ambición de poder y traicionó a Bolívar. Estoy seguro de que El Libertador lamentó su muerte como la de un hermano, aunque él mismo lo mandó al paredón… pero así son las revoluciones, deben tomarse decisiones drásticas y poner siempre a la patria primero. “Cuando el clarín de la patria llama, hasta el llanto de la madre calla” —Estiró su brazo para alcanzar una de las tazas de café que había servido la mucama presidencial y adoptó una postura más informal mientras sorbía el café. Su mirada seguía buscando algún indicio que lo llevara a ceñirse al discurso oficial pero, al mismo tiempo, parecía agradecer la informalidad del evento. Volteó brevemente hacia el retrato de Bolívar que colgaba de la pared y suspiró para volver a enfocarse en nuestra conversación.

 —Bueno carajito, no sé cómo llegaste hasta aquí, pero ya que vamos a hablar y esto no es una entrevista, puedes llamarme Hugo. ¿De qué quieres hablar?

—Son muchas cosas, pero trataré de ser breve. Del país, básicamente.

—Ese es mi tema favorito. Ese y el beisbol, pero tú no tienes pinta de haber venido a hablar de pelota, ¿verdad? —Soltó una efusiva risotada y volteó a ver a los edecanes quienes inmediatamente respondieron a su comentario con una sonrisa.

—Bueno… la pelota también va palo abajo, ya que lo comenta.

—¡Carajo! Viniste pichando noventa millas a los codos, tengo que afinar el bate —Volvió a reír efusivamente, para mi sorpresa. Aunque había corrido con suerte no podía seguir tentando al destino, tenía que ser más sutil al menos al principio; ir viendo por dónde quería él que se desarrollara la conversación hasta que pudiera llevarlo a mi terreno.

—Bueno, hablemos de las Misiones y en algún momento retomamos el beisbol que también me apasiona y he escuchado que fue su primer amor —En ese momento volví a ver al personaje de la televisión, adoptó esa postura filosófica que le da la imagen de hombre enigmático e imprescindible para la historia. Supe que la conversación iba a transcurrir entre infidencias y discursos aprendidos y que iba a depender exclusivamente de mí hacer el cambio entre uno y otro, pero que nunca iba a poder evitar que surgiera ese personaje; nunca iba a poder mantener indefinidamente al ser humano frente a mí porque ya él no se consideraba un mortal. Sus seguidores y los avatares del poder lo llevaron a crearse y creerse una historia épica en la que él era el protagonista y de quien dependía el presente y el futuro, cuando no el pasado, de todos los personajes.

—Probablemente tú no las entiendas porque has sido criado en un mundo de comodidades y privilegios, pero Las Misiones son la única alternativa de subsistencia para la mayor parte de este pueblo que fue excluido y pisoteado por las élites políticas y económicas venezolanas  y por las potencias imperiales extranjeras que siempre nos han visto como una fuente de riqueza fácil y necesaria para su expansión y hegemonía en el orden mundial—

—A ver si entiendo —Le dije en tono irónico. —Yo soy un escuálido que vivo en un pecera y no soy capaz de entender que la mayor parte de la población de este país ha sido manipulada y utilizada por sus gobernantes por bastante más de cuarenta años… en muchas ocasiones bajo la tutela de algún gobierno extranjero para mantenerse en el poder y acceder a su inmensa riqueza para beneficio personal. Disculpe Presidente, pero esa visión maniquea del país es precisamente lo que me trae hasta aquí. ¿De verdad usted cree que yo soy un privilegiado y a la vez un tonto incapaz de ver la realidad de este país?— La interrupción buscaba marcar territorio; que supiera que yo no había asistido a un discurso político. Su mirada volvió a clavarse en mí como tratando de comprender lo que buscaba en realidad, sin embargo mi comentario lo hizo salirse del papel que estaba interpretando y tras una larga pausa y un par de profundos suspiros que entendí como dudas existenciales entre el personaje y el hombre, volvió a sorber de su taza de café y recuperó la postura relajada de un principio.  —Presidente yo no vine aquí para adularlo y mucho menos a atacarlo, para eso tiene sus dos mitades del país... No se puede entender lo que ha ocurrido sin antes desprendernos de los discursos y las ideas preconcebidas. Suponer que soy un escuálido indolente ante la realidad no va a explicar lo que está pasando. Si yo parto del principio que usted es un corrupto y un dictador, entonces no tiene sentido venir a hablar con usted porque con ese argumento quedan respondidas todas mis preguntas. Sería muy fácil recurrir a los calificativos para llevar la conversación a ningún lado…

—Lo que es muy fácil es hablar del país sin conocerlo; sin conocer a la gente del pueblo que ha sufrido no solo su pobreza sino la indiferencia y hasta la explotación por parte de una minoría histórica. No digo que tú no lo sepas Manuel, es que hay mucha gente que nos ataca y no sabe, o no le interesa lo que hacemos por los más pobres, por los pata en el suelo pues. Es verdad que hemos tenido nuestros problemas. No es fácil hacer realidad lo que hemos soñado por tantos años, pero estoy absolutamente seguro que los cambios que requiere este país solo podemos lograrlos nosotros, los revolucionarios socialistas.

—¿Y no existe las más remota posibilidad de que puedan estar equivocados?  ¿Que los sueños se hayan torcido, y muchos, ante lo utópico del proyecto, hayan optado por el camino fácil de la corrupción?

¿No cree que llegó el momento de totalizar los logros y los fracasos objetivamente y reconocer incluso cuales de los logros han tenido un costo desproporcionado en su proceso? Recuerde que estoy suponiendo su buena fe. Sería más fácil, como le dije, asumir que todo ha sido un plan macabro elaborado en Cuba para dominar al pueblo desde el hambre y convertirlo en una masa dependiente del estado para perpetuarse en el poder. ¿Sabe que existen tesis que sugieren que el narcotráfico es una política de estado para corroer la sociedad norteamericana desde sus bases, es decir: Podrir con la droga a sus jóvenes y finalmente ganar la guerra histórica entre el norte y el sur y, en el proceso, terminar groseramente millonarios?—. Su mirada reflejaba una mezcla de melancolía e indignación evidentemente actuada.

—Los revolucionarios no totalizamos, nuestra lucha dura toda la vida y no acaba con nuestra muerte, ¿O crees que Bolívar murió? ¿O crees que Cristo murió? —  Otro largo suspiro y un silencio que, de haber estado en un acto político le hubiese servido para recibir los aplausos de sus seguidores, pero ambos estábamos muy claros que yo no era uno de sus seguidores.

 

—La pregunta concreta presidente es si sabe usted que la corrupción nos está devorando, si sabe que se convirtieron en lo que siempre habían criticado. ¿Cuántas personas necesitadas pudieron haberse salvado con lo que cuesta la burocracia y la corrupción?—

—Es probable que algunos se hayan desviado en sus principios, pero no podemos meter a todos en el mismo saco, hay quienes seguimos luchando desde nuestra trinchera ideológicas, desde nuestras trincheras morales, como Bolívar, como Martí— Volvió a mirar a Bolívar, esta vez la imagen que estaba en la mesa de los santos, interrumpió su discurso y quedó en silencio por un minuto, tal vez dos. —Mi mayor temor es morir solo e incomprendido; que quienes estén a mi lado al final solo quieran estar seguros de mi muerte—.

—Presidente, las malas políticas económicas, junto con la descarada corrupción y la inseguridad están acabando con el país— Le dije, esta vez mirándolo a los ojos     y esperando, casi provocando una reacción airada. Era mi única oportunidad de discutir con el personaje al que yo consideraba el culpable de la mayoría de los males que me habían perseguido por los últimos veinte años.

— ¿Y quién carajo te crees tú para venir a cuestionar a una revolución que es más grande que los mortales que la conformamos? Tú no entiendes ni nunca entenderás lo que representamos para el pueblo— En ese momento comenzó a sonar una alarma en su teléfono celular, el sonido me resultaba extrañamente familiar. Decidí tomar su oferta de llamarlo por su nombre y dándole un golpecito al apoya brazos del sofá en el que me encontraba sentado, me incliné hacia su puesto mientras exageraba un tono de confidencia. Decidí provocar a la bestia para concluir la conversación. —Debo confesarte algo Hugo, yo siempre supe que lo ibas a hacer mal; he tenido distintas teorías, en distintas épocas,  del por qué lo han hecho tan mal. Al principio pensé que eran solo un grupo de rezagados ideológicos con ideas socialistas fracasadas que querían llegar al poder para fracasar por si mismos; luego creí que su mayor impulso era el resentimiento y finalmente entendí que era una mezcla fatídica de todo eso sumado a la incompetencia y ambición infinita de poder y riqueza.  — Su teléfono celular seguía sonando insistentemente y me resultaba inquietante que no se molestara en detener la alarma. —A fin de cuentas Hugo, ¿Y quién carajo te crees tú para decidir la vida de todo un país? ¿Quiénes son ustedes para apartar familias y amigos, para robarse todo un país y condenarnos al atraso por jugar a la revolución? —Abrí los ojos y la alarma de mi teléfono celular sonaba incesantemente; mi corazón latía con fuerza y me senté al borde de la cama por un par de minutos mientras reconstruía los “hechos”

Esa mañana el cielo brillaba con un azul intenso, ese azul absurdo con el que los caraqueños reconocemos diciembre…