jueves, 1 de agosto de 2024

 

El Asado negro de mi mamá.

 

Receta: Elegir una buena pieza de muchacho redondo. Con abundante sal, ajo, pimienta y salsa inglesa; dejar macerando en la nevera de un día para el otro.

 

No sé si han notado este auge de expertos en alimentación que están invadiendo las redes sociales. En la mayoría de los casos son ex obesos, sin ningún tipo de estudio que les respalde en sus fuertes e implacables críticas hacia el 90% de lo que comemos.

Se trata de una especie de secta nutricional que busca, principalmente, generar polémica para hacerse virales en las redes y poder vivir de ser idiotas. Unos comen carnes crudas, otros exponen vehementemente las bondades de hacer ayunos o entregarse al estilo de vida KETO (yo los llamo los KETONTOS) y otros, más racionales, esgrimen argumentos médicos para no comer ciertos alimentos.

 

Receta: En un caldero grande, pones abundante aceite y doras bien la pieza de carne por cada lado, hasta que caramelice y quede de un color caramelo oscuro. Se ralla una cebolla mediana y una buena cantidad de papelón, los cuales se van incorporando en pequeñas tandas al caldero con la carne para evitar que se queme el papelón y se ponga amargo.

 

 

Estos genios de la alimentación dejan de lado uno de los elementos que nos diferencian del resto de los animales del planeta al momento de alimentarnos; nuestros recuerdos. La memoria gustativa y olfativa que nos puede, en un plato, trasladar a una época, a un lugar, a una persona… Nuestra vida, generalmente, transcurre en una mesa con familia y amigos. En una cocina llena de olores y sabores particulares que te definen como persona, olores y sabores a los que eventualmente regresamos, no solo para alimentar nuestro cuerpo sino nuestra alma, que poco sabe de carbohidratos y ayunos intermitentes.

Yo no tomo café en las mañanas para despertarme, yo despierto en las mañanas para tomar café, porque es un ritual que me llena el espíritu, es un momento de reflexión y es un olor que me ha acompañado toda mi vida.

Evidentemente uno no puede ser tan ciego para no ver que los carbohidratos no son el mejor alimento del planeta, que ciertas grasas pueden hacer daño o que es mejor tomar agua que Whisky. El punto es encontrar el equilibrio y alimentar el cuerpo y el alma de formas y en momentos distintos (Diría mi internista: Hacer esporádicamente lo que te gustaría hacer todos los días y, diariamente, lo que quisieras hacer de manera esporádica) pero siempre alimentando los recuerdos, siempre volviendo, a través de un plato,  a ese lugar, a esa época o a esa persona que te llena tanto el corazón como el estómago.

 

Receta: Una vez que se han incorporado totalmente la cebolla y el papelón, se deja dorar por un rato y se le agrega agua hasta cubrir la carne. Se tapa el caldero y se deja reducir a fuego medio, agregando agua a medida que va reduciendo. Ya cuando la preparación lleva unas tres horas de cocción, viene lo que mi mamá llamaría “el toque” que es ese ingrediente que le da identidad a cada plato y lo hace tuyo. En el caso del asado es una malta que se agrega en dos tandas. Se le agrega un poco mas de agua por última vez, se corrige el punto de sal  y se deja reducir a fuego lento hasta que la salsa quede oscura y “tranque” (es ese punto donde la salsa deja de ser líquida y adquiere untuosidad y el sabor que esperas)

Lo ideal es acompañar el asado con un puré de papas bien terso (la receta en otra oportunidad) y tajadas.

 

Yo sé, perfectamente, que esa combinación que incluye papelón, malta, aceite, papas y plátanos no alimenta mi cuerpo, pero es un banquete para mi espíritu. Cada vez que se hace en mi casa (Porque debo confesar que es mi esposa Laryssa quien lo hace y quien, secretamente, se encomienda a mi mamá cada vez que prende la hornilla para cocinarlo) es una fiesta de memorias, de sabores y olores mágicos que nos transportan a épocas mas felices. Invito a mi papá porque puedo ver en sus ojos que recuerda a mi mamá en cada bocado (Como si hiciera falta un plato para que la recuerde). Es como el momento icónico de una de las obras maestras del cine (Ratatouille…) en la que Ego, el impenetrable crítico culinario, prueba ese simple, pero delicioso, guiso de verduras elaborado por un ratoncito apasionado por la comida y los sabores y, con los ojos perdidos en el recuerdo, llega al plato de su infancia, con su madre, en su casa.  Ese plato le recordó que la comida no consiste en una lista de ingredientes para alimentar tu cuerpo y nutrirte sino en cada recuerdo, en cada momento, en cada persona que lo acompañan.

 

 

 

A mi amada madre que me enseño a vivir la cocina con sus “Toques” de amor y muy especialmente a un gran amigo, a un tío adoptado que, en una visita a su casa en Jacksonville, junto a la “tía Ama”, nos ofreció el mejor lomo de cerdo con salsa de manzanas que yo haya comido jamás. Yo sé que lo compró en el Publix, él sabe que yo sé que lo compró en el Publix pero sigue siendo el mejor lomo de cerdo con salsa de manzanas que yo haya comido jamás porque traía como contornos todo su cariño y sus ganas de nutrirnos el corazón.

Un abrazo enorme Viejo Lucho, que tengas una larga vida con mucha salud. El próximo cerdo va por mi cuenta. Buen provecho.

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