Puedes llamarme Hugo.
Esa mañana el cielo brillaba con
un azul intenso, ese azul absurdo con el que los caraqueños reconocemos
diciembre. Desde la oficina del Ministerio de la Defensa, en la que se había
acordado la reunión y a través de un amplio ventanal, se tenía una vista
panorámica de esa parte enmarañada de la ciudad conformada por los bloques de
El Valle y los barrios que fueron creciendo como enredaderas a sus alrededores
y que sirven, desde esa oficina, como recordatorio permanente de la bestia que
se debe mantener domada si se quiere gobernar este país. Más cerca del edificio
del Ministerio, entre los largos chaguaramos que bordean el lago, un grupo de
guacamayas volaba majestuosas de copa en copa, sin importarle demasiado el país
y sus desavenencias.
La oficina era arrogantemente
amplia, con paredes y pisos revestidos de granito en distintos tonos; un
escritorio de madera tallada y pulida minuciosamente junto a un juego de recibo
de tela beige, más bien barato y discordante con el entorno. En las paredes
algunas fotos del Presidente y un amplio retrato del Libertador flanqueado por
banderas del componente armado y de la república junto a una pequeña mesa de
santos en la que, entre otras deidades, iluminados por velas rojas y
“Atendidos” con vasos de licor y con frutas, se podía reconocer nuevamente al
Libertador junto a María Lionza y Santa Bárbara.
Había transcurrido poco más de
una hora cuando mi interés por los detalles comenzaba a diluirse y convertirse
en desespero; se abrió la puerta y un edecán procedió a informarme que el
presidente había llegado y en cinco minutos me atendería; una mucama,
rigurosamente vestida de blanco, sirvió la mesa con una jarra de agua y vasos
junto a una bandeja con sendas tazas humeantes de café mientras dos militares
tomaban posiciones en los extremos del ventanal. Mi corazón comenzó a latir con
fuerza, si quería que la conversación fuese productiva, al menos para mí, debía
controlar mis ganas de decir lo que quería y entremezclarlo con lo que debía
decir; conocía bien al personaje y tenía que ser cuidadosamente directo. Eso le
encantaría…
—Buenos días Presidente, gracias
por recibirme —dije al verlo entrar mientras buscaba su mirada que se había clavado
en mi ser, como escudriñando mi alma.
— ¡Epa vale! buenos días ¿A qué
medio perteneces? —La pregunta tenía en sí una carga de ironía, presuponía que
todos los periodistas pertenecían, en el más estricto sentido de la palabra, a
algún medio. —Nunca te había visto. ¿Te ofrecieron café? —Era un personaje
avasallante; su carisma explicaba su insólita popularidad y su estadía casi
irrevocable en el poder. Se podía tener un mar de diferencias conceptuales e
incluso una repulsión absoluta hacia su persona, pero al pararse frente a él y
comenzar a escucharlo era casi inevitable sentirse atraído hacia su campo
magnético, en ocasiones lo definieron como un encantador de serpientes y yo, en
ese momento, tenía que luchar fuertemente por mantenerme firme en mis
principios y no sucumbir ante su carisma.
—A ningún medio Presidente, la
verdad vengo de cuenta propia a ver si consigo entender algunas cosas y nadie
mejor que usted para explicarlas. De hecho, no traigo ni siquiera un lápiz para
tomar nota de lo que aquí se diga, así que podrá negarlo y nadie me creerá.
Vine a hablar con usted y no a entrevistarlo ya que no sabría muy bien cómo
hacerlo, nunca he entrevistado a nadie y llegar hasta usted fue solo un golpe
de suerte —Su mirada se relajó y esbozó una amplia sonrisa mientras, sin ningún
disimulo, miraba su reloj para calcular cuánto tiempo podía dedicarle a nuestra
conversación.
—Debes tener un buen contacto —dijo
sin dejar de sonreír pero con la desconfianza marcada en sus ojos. —¿Cómo me
dijiste que te llamabas?
—Manuel Hernández, Presidente.
—¡Manuel Carlos María Francisco
Piar Gómez! Ese fue un tronco de militar ¿Sabes? Lástima que lo dominó la ambición
de poder y traicionó a Bolívar. Estoy seguro de que El Libertador lamentó su
muerte como la de un hermano, aunque él mismo lo mandó al paredón… pero así son
las revoluciones, deben tomarse decisiones drásticas y poner siempre a la
patria primero. “Cuando el clarín de la patria llama, hasta el llanto de la
madre calla” —Estiró su brazo para alcanzar una de las tazas de café que había
servido la mucama presidencial y adoptó una postura más informal mientras
sorbía el café. Su mirada seguía buscando algún indicio que lo llevara a
ceñirse al discurso oficial pero, al mismo tiempo, parecía agradecer la
informalidad del evento. Volteó brevemente hacia el retrato de Bolívar que
colgaba de la pared y suspiró para volver a enfocarse en nuestra conversación.
—Bueno carajito, no sé cómo llegaste hasta
aquí, pero ya que vamos a hablar y esto no es una entrevista, puedes llamarme
Hugo. ¿De qué quieres hablar?
—Son muchas cosas, pero trataré
de ser breve. Del país, básicamente.
—Ese es mi tema favorito. Ese y
el beisbol, pero tú no tienes pinta de haber venido a hablar de pelota, ¿verdad?
—Soltó una efusiva risotada y volteó a ver a los edecanes quienes
inmediatamente respondieron a su comentario con una sonrisa.
—Bueno… la pelota también va palo
abajo, ya que lo comenta.
—¡Carajo! Viniste pichando
noventa millas a los codos, tengo que afinar el bate —Volvió a reír efusivamente,
para mi sorpresa. Aunque había corrido con suerte no podía seguir tentando al
destino, tenía que ser más sutil al menos al principio; ir viendo por dónde
quería él que se desarrollara la conversación hasta que pudiera llevarlo a mi
terreno.
—Bueno, hablemos de las Misiones
y en algún momento retomamos el beisbol que también me apasiona y he escuchado
que fue su primer amor —En ese momento volví a ver al personaje de la
televisión, adoptó esa postura filosófica que le da la imagen de hombre
enigmático e imprescindible para la historia. Supe que la conversación iba a
transcurrir entre infidencias y discursos aprendidos y que iba a depender
exclusivamente de mí hacer el cambio entre uno y otro, pero que nunca iba a
poder evitar que surgiera ese personaje; nunca iba a poder mantener
indefinidamente al ser humano frente a mí porque ya él no se consideraba un
mortal. Sus seguidores y los avatares del poder lo llevaron a crearse y creerse
una historia épica en la que él era el protagonista y de quien dependía el
presente y el futuro, cuando no el pasado, de todos los personajes.
—Probablemente tú no las
entiendas porque has sido criado en un mundo de comodidades y privilegios, pero
Las Misiones son la única alternativa de subsistencia para la mayor parte de
este pueblo que fue excluido y pisoteado por las élites políticas y económicas venezolanas
y por las potencias imperiales
extranjeras que siempre nos han visto como una fuente de riqueza fácil y
necesaria para su expansión y hegemonía en el orden mundial—
—A ver si entiendo —Le dije en
tono irónico. —Yo soy un escuálido que vivo en un pecera y no soy capaz de
entender que la mayor parte de la población de este país ha sido manipulada y
utilizada por sus gobernantes por bastante más de cuarenta años… en muchas
ocasiones bajo la tutela de algún gobierno extranjero para mantenerse en el
poder y acceder a su inmensa riqueza para beneficio personal. Disculpe
Presidente, pero esa visión maniquea del país es precisamente lo que me trae
hasta aquí. ¿De verdad usted cree que yo soy un privilegiado y a la vez un
tonto incapaz de ver la realidad de este país?— La interrupción buscaba marcar
territorio; que supiera que yo no había asistido a un discurso político. Su
mirada volvió a clavarse en mí como tratando de comprender lo que buscaba en
realidad, sin embargo mi comentario lo hizo salirse del papel que estaba interpretando
y tras una larga pausa y un par de profundos suspiros que entendí como dudas
existenciales entre el personaje y el hombre, volvió a sorber de su taza de
café y recuperó la postura relajada de un principio. —Presidente yo no vine aquí para adularlo y
mucho menos a atacarlo, para eso tiene sus dos mitades del país... No se puede
entender lo que ha ocurrido sin antes desprendernos de los discursos y las
ideas preconcebidas. Suponer que soy un escuálido indolente ante la realidad no
va a explicar lo que está pasando. Si yo parto del principio que usted es un
corrupto y un dictador, entonces no tiene sentido venir a hablar con usted
porque con ese argumento quedan respondidas todas mis preguntas. Sería muy
fácil recurrir a los calificativos para llevar la conversación a ningún lado…
—Lo que es muy fácil es hablar
del país sin conocerlo; sin conocer a la gente del pueblo que ha sufrido no
solo su pobreza sino la indiferencia y hasta la explotación por parte de una
minoría histórica. No digo que tú no lo sepas Manuel, es que hay mucha gente
que nos ataca y no sabe, o no le interesa lo que hacemos por los más pobres,
por los pata en el suelo pues. Es verdad que hemos tenido nuestros problemas. No
es fácil hacer realidad lo que hemos soñado por tantos años, pero estoy
absolutamente seguro que los cambios que requiere este país solo podemos
lograrlos nosotros, los revolucionarios socialistas.
—¿Y no existe las más remota
posibilidad de que puedan estar equivocados?
¿Que los sueños se hayan torcido, y muchos, ante lo utópico del
proyecto, hayan optado por el camino fácil de la corrupción?
¿No cree que llegó el momento de
totalizar los logros y los fracasos objetivamente y reconocer incluso cuales de
los logros han tenido un costo desproporcionado en su proceso? Recuerde que
estoy suponiendo su buena fe. Sería más fácil, como le dije, asumir que todo ha
sido un plan macabro elaborado en Cuba para dominar al pueblo desde el hambre y
convertirlo en una masa dependiente del estado para perpetuarse en el poder.
¿Sabe que existen tesis que sugieren que el narcotráfico es una política de
estado para corroer la sociedad norteamericana desde sus bases, es decir:
Podrir con la droga a sus jóvenes y finalmente ganar la guerra histórica entre
el norte y el sur y, en el proceso, terminar groseramente millonarios?—. Su
mirada reflejaba una mezcla de melancolía e indignación evidentemente actuada.
—Los revolucionarios no
totalizamos, nuestra lucha dura toda la vida y no acaba con nuestra muerte, ¿O
crees que Bolívar murió? ¿O crees que Cristo murió? — Otro largo suspiro y un silencio que, de
haber estado en un acto político le hubiese servido para recibir los aplausos
de sus seguidores, pero ambos estábamos muy claros que yo no era uno de sus
seguidores.
—La pregunta concreta presidente
es si sabe usted que la corrupción nos está devorando, si sabe que se
convirtieron en lo que siempre habían criticado. ¿Cuántas personas necesitadas
pudieron haberse salvado con lo que cuesta la burocracia y la corrupción?—
—Es probable que algunos se hayan
desviado en sus principios, pero no podemos meter a todos en el mismo saco, hay
quienes seguimos luchando desde nuestra trinchera ideológicas, desde nuestras
trincheras morales, como Bolívar, como Martí— Volvió a mirar a Bolívar, esta
vez la imagen que estaba en la mesa de los santos, interrumpió su discurso y
quedó en silencio por un minuto, tal vez dos. —Mi mayor temor es morir solo e
incomprendido; que quienes estén a mi lado al final solo quieran estar seguros
de mi muerte—.
—Presidente, las malas políticas
económicas, junto con la descarada corrupción y la inseguridad están acabando
con el país— Le dije, esta vez mirándolo a los ojos y esperando, casi provocando una reacción airada. Era mi única
oportunidad de discutir con el personaje al que yo consideraba el culpable de
la mayoría de los males que me habían perseguido por los últimos veinte años.
— ¿Y quién carajo te crees tú
para venir a cuestionar a una revolución que es más grande que los mortales que
la conformamos? Tú no entiendes ni nunca entenderás lo que representamos para
el pueblo— En ese momento comenzó a sonar una alarma en su teléfono celular, el
sonido me resultaba extrañamente familiar. Decidí tomar su oferta de llamarlo
por su nombre y dándole un golpecito al apoya brazos del sofá en el que me
encontraba sentado, me incliné hacia su puesto mientras exageraba un tono de
confidencia. Decidí provocar a la bestia para concluir la conversación. —Debo confesarte
algo Hugo, yo siempre supe que lo ibas a hacer mal; he tenido distintas teorías,
en distintas épocas, del por qué lo han
hecho tan mal. Al principio pensé que eran solo un grupo de rezagados
ideológicos con ideas socialistas fracasadas que querían llegar al poder para
fracasar por si mismos; luego creí que su mayor impulso era el resentimiento y
finalmente entendí que era una mezcla fatídica de todo eso sumado a la
incompetencia y ambición infinita de poder y riqueza. — Su teléfono celular seguía sonando
insistentemente y me resultaba inquietante que no se molestara en detener la
alarma. —A fin de cuentas Hugo, ¿Y quién carajo te crees tú para decidir la
vida de todo un país? ¿Quiénes son ustedes para apartar familias y amigos, para
robarse todo un país y condenarnos al atraso por jugar a la revolución? —Abrí
los ojos y la alarma de mi teléfono celular sonaba incesantemente; mi corazón
latía con fuerza y me senté al borde de la cama por un par de minutos mientras
reconstruía los “hechos”
Esa mañana el cielo brillaba con
un azul intenso, ese azul absurdo con el que los caraqueños reconocemos
diciembre…
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