lunes, 5 de diciembre de 2011

Las Piñatas

 Las piñatas son una ladilla. Salvo que los únicos invitados a la fiesta sean los familiares, con lo que la piñata pasa a ser una reunión familiar, las piñatas suelen ser un compromiso perfectamente sustituible por un buen capítulo de tu serie favorita.

Para aquellos que no entiendan mi repudio a las fiestas de carajitos, les hago un breve resumen de la última en la que estuve:

Después de unos minutos hablando de temas intrascendentes con algunos de los papás que también fueron obligados a la piñata, decido acercarme al carrito de perros calientes para “comer”, pido un perro caliente con todo, el muchacho que los hace me ve con cara burlesca porque sabe que ese “con todo” en las fiestas infantiles es papitas viejas y “las tres salsas”; al segundo mordisco a mi perro caliente un carajito se para frente a mí y, poniendo sus brazos en forma de cruz, procede a soltarme una patada en la espinilla con todas sus fuerzas, yo, atragantado con el perro caliente y aguantándome para no devolverle la patada, volteo a ver si ubico al papá o la mamá del engendro que me atacó y se acerca una señora que, muy calmadamente y sin darle un cogotazo, le dice “Carlos Ignacio mi amor, pídele disculpas al señor”  el carajito me dice “perdonn” y se va corriendo. Luego de un par de sonrisas fingidas la mamá del niñito me dice “es que él cree que es el POWER RANGER rojo” mientras yo pensaba si debía decirle lo que en realidad era su hijo…

En las piñatas existe el peligro de resultar gravemente herido al ser atropellado por un carajito que participa en el ancestral y absurdo juego de “correr”, es un juego en el que todos participamos alguna vez en nuestras vidas y que, viéndolo objetivamente, no tiene ningún sentido, aunque parezca lo contrario por la cara de diversión de los niños que participan. Consiste en correr sin objetivo fijo haciendo toda clase de ruidos galácticos (Ficshiiuuuuu , es uno de los más usados) hasta que llegue la hora de romper la piñata, momento en el que todos se agrupan y se puede ver y oler el estado en que quedan después de correr frenéticamente por horas.

Sin embargo, de todos los aspectos que pueden hacer de una piñata un evento prescindible, el peor, sin duda, es el animador. En las piñatas de hoy en día, el animador es un individuo que intenta ser “cool” con los niños y hace uso del más bajo de los recursos para lograrlo: EL REGUETÓN. “Que se acerque la cumpleañera! Aplauuuusosss! Vamos a ver como baila…”ahí comienza un espectáculo totalmente censurable en el que la niña (que escasamente acaba de cumplir cuatro años y todavía no se sabe amarrar las trenzas de los zapatos) hace alarde de su soltura de cadera al ritmo del reguetón; baja y sube su cuerpo en movimientos extremadamente sinuosos, mientras los padres y familiares aplauden a rabiar.

El animador, feliz por el logro obtenido, da el siguiente paso: “Que suba Carlitos! Ok, Ok, vamos a ver como baila Carlitos” y el niño hace una muestra  de su soltura de cadera al ritmo del reguetón; baja y sube su cuerpo en movimientos extremadamente sinuosos, mientras los padres y familiares aplauden a rabiar...

Finalmente, y con el aplauso generalizado de fondo (casi generalizado, porque el día que me vean aplaudiendo a un niño que baila reguetón debo estar próximo a la muerte) el animador llama a ambos chiquillos, gritando una palabra que ya, por si sola, es horrorosa: “Perrreeeeoooooo!” La niña se coloca frente al niño y ambos comienzan un baile que lo único que logra es revolverme el perro caliente en el estómago. Mientras esto sucede, entro en un trance y me imagino a los padres de la niña dentro de escasos diez años, sentados a la horilla de la cama con lágrimas en los ojos, preguntándose uno a otro: “Pero qué habremos hecho mal? Qué hicimos para merecer esto? 

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